La noticia empezó a crecer como un murmullo, de esos que en segundos se vuelven clamor: mensajes en X, cadenas de WhatsApp, historias en Instagram con un mismo ruego—“Fuerza, doctor”. En los pasillos de la tele se hablaba de susto, en la radio de un “episodio”, y en los grupos de salud, de “precaución bien tomada”. Nadie quería dar por sentado nada, pero todos compartían lo mismo: gratitud por una vida dedicada a enseñar a cuidarnos, y ese reflejo tan argentino de invocar a la buena energía cuando uno de los nuestros atraviesa un bache.
Desde su entorno llegaban luces y sombras. Se decía que había sido de madrugada, camino al trabajo. Que algo no cerraba, un dolor raro que no se parecía a otros. En paralelo, su familia daba señales de calma y pedía serenidad. Esa mezcla—preocupación y esperanza—fue suficiente para que las redes estallaran en un abrazo colectivo.
Las menciones se multiplicaron, los posteos de colegas y alumnos de ALCO se apilaron, y hasta cuentas de espectáculos difundieron pedidos de oración y buenos deseos. Hasta acá, el murmullo. Ahora, el dato.
A las 5:20 de la mañana, Alberto Cormillot sintió una molestia en el centro del pecho que se irradiaba a la mandíbula y a los oídos. Decidió dirigirse de inmediato al Sanatorio Finocchietto. En guardia le realizaron estudios y, por criterio clínico, avanzaron con una angioplastia. Durante el procedimiento detectaron una arteria comprometida y le colocaron un stent.
La reacción a tiempo fue clave, como él mismo contó después: si seguía de largo, la historia podía ser otra. Al cierre de ese día, el médico de 87 años apareció en Cuestión de Peso—ya desde su casa—para relatar con serenidad lo ocurrido y enfatizar el valor de escuchar al cuerpo.
Su hijo y colega, Adrián Cormillot, puso marco didáctico: placas de ateroma que se acumulan con los años, el accidente de una de ellas, y la intervención oportuna que restablece el flujo. Una explicación simple, un susto grande y una lección que él repite desde siempre: prevención, controles y no minimizar síntomas.
Mientras tanto, el apoyo en redes no aflojó. La esposa de Cormillot, Estefanía Pasquini, publicó videos para llevar tranquilidad y agradecer la catarata de mensajes. Cuentas de noticias replicaron el parte y se llenaron de comentarios con “fuerza, doctor”, “oramos por usted” y “gracias por tanto”. No hubo grieta en eso: el cariño fue masivo y transversal.
Hoy, con el episodio superado y el stent donde debe estar, el mensaje de fondo vuelve a ser el que él mismo predica: cuidarse, no postergar la consulta, y rodearse de comunidad. El país que lo vio enseñar durante décadas también sabe acompañar cuando el docente necesita la mano.

