El pasado 24 de marzo, como cada año desde el regreso de la democracia, distintas ciudades del país fueron escenario de actividades conmemorativas por el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia. En Posadas, Misiones, los homenajes incluyeron movilizaciones, lecturas públicas, intervenciones artísticas y la reiterada presencia de un símbolo inconfundible: el pañuelo blanco.
Ese mismo emblema que, pintado sobre el suelo o flameando en telas, remite a la lucha incansable de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo por sus hijos y nietos desaparecidos durante la última dictadura militar.
Entre las diversas expresiones que marcaron la jornada en la capital misionera, un grupo de militantes decidió intervenir con pinturas una vereda ubicada en una zona sensible de la ciudad. No se trató de una acción vandálica ni clandestina, sino de una manifestación pacífica y simbólica, como tantas otras que forman parte del ritual colectivo de cada 24 de marzo.
La escena transcurrió sin mayores sobresaltos. Sin embargo, al día siguiente, algo cambió. En el mismo lugar donde horas antes se había plasmado un mensaje de memoria, apareció otra imagen, diferente. Donde había pañuelos, ahora había escarapelas. Donde el símbolo de las Madres hablaba de una herida aún abierta, una nueva pintura buscaba unificar bajo el manto de la bandera nacional.

Lo que sucedió fue que el coronel Carlos Sanmillán, jefe de la Brigada de Monte XII del Ejército Argentino —cuya sede se encuentra sobre esa vereda intervenida—, ordenó tapar los pañuelos blancos con escarapelas argentinas.
La decisión, según expresó en declaraciones posteriores, respondió a una postura que considera que el Ejército no debe ser asociado a símbolos «de una minoría», y que es hora de buscar «unidad, no división».
“El pañuelo representa a una parte de la sociedad. Pero la escarapela nos representa a todos”, afirmó Sanmillán, quien asumió el mando de la unidad en febrero de este año. “No se trata de negar la historia, sino de construir una nueva”, añadió, al tiempo que aclaró que su decisión no pretendía deshonrar la memoria de las víctimas, sino evitar la «politización del espacio público militar».
Las reacciones no tardaron en llegar. Organizaciones sociales, gremios y agrupaciones de derechos humanos repudiaron el acto, calificándolo como un intento de borrar símbolos que son patrimonio de la memoria colectiva. “No hay construcción posible sin memoria”, sostuvieron en un comunicado difundido por las redes sociales. «Tapar los pañuelos es tapar la verdad», escribieron.
El acto de cubrir un símbolo con otro, en un contexto tan cargado como el 24 de marzo, revivió viejos debates sobre el rol de las Fuerzas Armadas en la democracia y el sentido que adquieren los gestos en el espacio público. Algunos sectores respaldaron la medida como una forma de evitar enfrentamientos ideológicos. Otros, en cambio, vieron en ella una preocupante señal de retroceso.
Sanmillán, en tanto, insistió en su voluntad de reconciliación. “Lo que hicieron las Madres y Abuelas es valioso, y merece respeto. Pero también hay que hacer una autocrítica como sociedad. Hubo errores en todos los sectores. No se puede mirar el pasado con un solo ojo”, señaló.
El gesto del pañuelo blanco, pintado sobre el asfalto, persiste como marca indeleble del reclamo de memoria. La escarapela, ahora encima, propone otra lectura. Entre una y otra imagen, late la tensión irresuelta entre recordar y olvidar, entre el consenso democrático y las fracturas que aún recorren la historia reciente de la Argentina.

