Mala noticia para CFK

En el departamento de Recoleta donde cumple arresto domiciliario, Cristina Fernández de Kirchner intenta organizar sus días con rutinas tan estrictas como previsibles: revisar los diarios digitales con café, llamar a los fieles de siempre para recordarles que la historia aún la absolverá, y darse un gusto con un helado artesanal de Rapanui cada tanto, como bálsamo frente al tedio. Hasta allí, todo parecía bajo control, como si el encierro fuera apenas un retiro obligado.

Pero la política argentina nunca duerme, y mucho menos el espectáculo popular. Desde el estreno de Homo Argentum, la película dirigida por Cohn y Duprat con Guillermo Francella en el centro de la escena, se desató un vendaval cultural. La militancia kirchnerista había olido peligro desde el tráiler: sátira filosa sobre el “argentino promedio”, humor incómodo y un Francella en estado de gracia componiendo múltiples personajes que, para muchos, son el espejo que nadie quiere mirar.

El operativo de desgaste fue inmediato. Desde columnas incendiarias hasta hilos en redes sociales, los voceros K acusaban al actor de “ser funcional al oficialismo”, de “prestarse a la batalla cultural mileísta” y de “hacer cine con olor a neoliberalismo”. El hashtag de ocasión intentó instalar la idea de fracaso inminente. Incluso algunos dirigentes se animaron a deslizar que Homo Argentum “no iba a pasar de la primera semana en cartelera”.

Y entonces ocurrió lo impensado. En pleno almuerzo, mientras Cristina degustaba su cucurucho de dulce de leche granizado, la televisión irrumpió con un graph demoledor: la película había superado el millón de espectadores en tiempo récord. En menos de dos semanas, el público había colmado las salas, formando colas interminables, aplaudiendo y recomendándola como quien comparte un secreto irresistible. La supuesta operación de boicot terminó siendo, paradójicamente, la mejor campaña de marketing.

El dato se coló en todos lados: en los noticieros, en los portales, en las charlas de café y hasta en las conversaciones de los vecinos que pasaban frente a su edificio. Cristina no pudo escapar del eco de la mala noticia. El número era demasiado contundente, imposible de relativizar con el manual de excusas habituales. Francella, sin proponérselo, se había convertido en el nuevo campeón de taquilla, mientras el kirchnerismo quedaba en el incómodo rol de crítico derrotado.

Dicen que el golpe fue tan fuerte que la exmandataria tuvo que dejar el cucurucho a medio comer. Y para colmo, como si la realidad se complaciera en la ironía, el helado de Rapanui le cayó mal. Una indigestión simbólica: la acidez de la política mezclada con el granizado que no logró endulzar la derrota.

Mientras tanto, en las salas, el público ríe a carcajadas con los personajes de Francella: el oficinista que miente, el político que promete, el vecino que se queja. La gente encuentra catarsis, y la película se convierte en espejo y fenómeno social. Afuera, el oficialismo celebra y el presidente Milei aprovecha para agitar su bandera de “la batalla cultural está en marcha”.

La escena final parece escrita por un guionista con humor negro: Cristina, mirando desde el balcón con gesto agrio, el cucurucho en la mano y el murmullo de la calle subiéndole como un eco ensordecedor. La condenada, atrapada no solo por la tobillera, sino también por la evidencia de que, una vez más, el pueblo votó… pero esta vez, con entradas de cine.