Hubo brillo, hubo selfies, hubo lágrimas. El Hilton se convirtió otra vez en el templo de la televisión argentina y, como en toda ceremonia, hubo ovaciones, silencios raros… y un momento que dejó un ruidito incómodo en el ambiente. Los Martín Fierro 2025 prometían una noche impecable y, en lo técnico, cumplieron: estrellas, homenajes y ratings al palo. Pero a veces lo que duele no es una derrota, sino cómo se produce el triunfo del otro.
La fiesta avanzó con puntualidad suiza, discursos emotivos y guiños a la nostalgia. APTRA repartió 35 estatuillas, “Margarita” arrasó entre las ficciones y Mirtha fue distinguida como Leyenda en un homenaje que obligó a sacar pañuelito del bolsillo. Hasta ahí, la postal perfecta. Luego llegó el tramo final, ese en el que la alfombra roja se vuelve campo minado: las ternas calientes, las que definen conversación, roces y risas nerviosas en cada mesa.
Y entonces ocurrió la escena que todos ya vieron repetida en redes: Santiago del Moro, conductor de la gala, abrió el sobre del Oro y leyó su propio nombre. El video se volvió viral al instante. No solo eso: más temprano se había consagrado Mejor Conducción Masculina por su labor en Gran Hermano. El doblete encendió aplausos, sí, pero también dejó la sensación de una coreografía extraña: cuando el presentador se convierte en coronador… y coronado. Un blooper histórico para algunos, una casualidad para otros, una ironía perfecta para todos.

La injusticia fue que Guido Kaczka se fue sin un solo premio. Sí, cero. El hombre que noche a noche convierte Los 8 Escalones en un ritual familiar, que compite en el prime time con números sólidos y que hace años sostiene formatos populares, vio cómo el Oro y la Conducción viajaban a la misma mano… la del anfitrión. Dramático y jocoso a la vez: la gala en la que el que anunciaba también se aplaudía y el otro, el eterno competidor noble, se quedaba mirando desde abajo del escenario.
No es contra Del Moro —talento probado y audiencia envidiable—; es contra la foto que quedó. ¿Era necesario que el propio conductor leyera que el Oro era para él? ¿Nadie pensó en una salida elegante, en un tercero imparcial para abrir ese sobre? Hasta Susana Giménez apareció para darle marco al premio de Conducción, pero el plato fuerte lo anunció el propio agasajado. En el sillón de la sobremesa, eso se llama “mala puesta en escena”; en la tele, “desprolijidad”; en la mesa de APTRA, queda para la autocrítica.
Mientras tanto, Guido mantuvo la compostura. Sin enojo en cámara, sin berrinches, sin cartelitos. Profesional como siempre. Él había llegado a la gala como favorito sentimental de muchos televidentes; se fue como el caballero que acepta el fallo y saluda. Pero que no haya confusión: popularidad no es sinónimo de premio, pero cuando la popularidad es sostenida, innovadora y querida, la ausencia total de reconocimiento duele el doble. Duele en la audiencia, duele en el oficio y duele en el fair play.
Por eso, nuestra solidaridad con Guido Kaczka. Porque hizo los deberes, llevó gente frente a la pantalla, sostuvo formatos, creó clima y, aun así, volvió a casa con las manos vacías. Y también porque lo que se discute aquí no es la valía de un ganador, sino la elegancia de un sistema: si la gala premia a su propio conductor, al menos que cuide las formas para no convertir el momento cúlmine en meme. El público no es jurado, pero sí testigo: la tele se alimenta de percepciones, y anoche la percepción fue que el hombre del sobre también era el hombre del Oro.
Que quede claro: aplaudimos el éxito, pero exigimos gestos de grandeza. Los premios pasan; la imagen que dejan, no. Ojalá la próxima edición aprenda de esta escena y entienda que, en televisión, la puesta en escena es casi tan importante como el resultado. Y que Guido, el que siempre juega para el equipo de la gente, tenga al fin la ovación en metal que su trabajo ya tiene en la calle.

