Nuestra solidaridad con Robertito Funes

La tarde había arrancado con un reclamo justo y un silencio espeso que sólo rompían los bombos, los aplausos y los nombres de tres chicas que Argentina no olvidará. Entre carteles violetas y velas encendidas, la multitud avanzó hacia el Congreso en un clima de recogimiento. De pronto, el murmullo se transformó en empujones, corridas y gritos. Un cordón humano se cerró sobre un móvil de TV. Los insultos empezaron a golpear antes que las manos. La escena, que había sido de respeto y dolor, se desfiguró en segundos.

Nadie entendió al principio qué desató el torbellino. Algunos vieron capuchas entre la marea, otros señalan a un fotógrafo que arremetió a patadas. El aire se tensó, la policía tardó en reaccionar, y la noticia corrió de boca en boca: un periodista estaba siendo cercado mientras intentaba trabajar. Recién entonces se supo el nombre.

Era Robertito Funes.

El cronista de LN+ cubría la marcha en memoria de Brenda del Castillo, Morena Verdi y Lara Gutiérrez, cuando un grupo de manifestantes lo rodeó, lo empujó, lo insultó y lo obligó a retroceder en dirección a Alsina y Salta. En medio del tumulto, hubo quienes intentaron interponerse entre él y la cámara; Funes relató que lo arañaron, intentaron escupirlo y que detrás suyo aparecieron mujeres encapuchadas y algunos fotoperiodistas increpándolo. La agresión lo obligó a abandonar la Plaza del Congreso con el auxilio de efectivos policiales y de Sabrina, la hermana de Brenda, que intentó frenar la escalada.

“Los infiltrados de siempre se aprovecharon de un reclamo doloroso”, describió luego, al contar que todo comenzó cuando un hombre lo golpeó y pateó mientras otras personas lo cercaban al grito de “facho”. En sus historias, Funes amplió que el ataque llegó tras entrevistar con respeto al abuelo de Brenda, y que desde allí la situación “se desmadró” hasta convertir una movilización pacífica en un foco de violencia. Los videos del momento muestran forcejeos, insultos y la desbordada tensión que obligó a desconcentrar un sector de la marcha.

La cobertura se volvió imposible. Hubo intentos de arrebatarle el acceso al equipo de trabajo en el desorden, versiones que circularon en redes entre quienes estaban allí; los medios que registraron el hecho confirmaron los empujones y la agresión, aunque no reportaron un robo consumado. Lo cierto es que Funes terminó alejándose, conmocionado, y que parte del público, molesto por su línea editorial, lo “echó” de la concentración.

La cronología del día duele: desde la convocatoria de Ni Una Menos, que reunió a colectivos feministas, familiares y personas autoconvocadas bajo la consigna “Ninguna vida es descartable. No hay víctimas buenas ni malas, hay femicidios”, hasta la llegada al Congreso, todo había transcurrido en calma. Pero al cierre, el mix de rabia social, provocadores y anti-prensa de siempre encendió la mecha. Para colmo, cuando la policía finalmente intervino para extraer al periodista, el ambiente escaló con más gritos y empujones.

Nuestra solidaridad es, ante todo, con las familias de Brenda, Morena y Lara, pero también con Robertito Funes, que salió a la calle a trabajar y terminó convertido en blanco de una turba. Ninguna causa justa necesita de golpes ni de escupitajos para hacerse oír; el derecho a manifestar no anula el derecho a informar. Ojalá lo de hoy no tape el propósito verdadero de la marcha: justicia por las tres jóvenes y fin de la violencia que las arrebató. Y ojalá también marque un límite: sin libertad de prensa no hay verdad posible ni dolor que encuentre reparación.